En el total mundial, el tráfico de pasajeros cayó 0,8 % por la baja de las aerolíneas de Oriente Medio.
La demanda internacional de las aerolíneas latinoamericanas creció 6,7 % en agosto frente al mismo mes de 2025, medida en pasajeros-kilómetro transportados (RPK, por sus siglas en inglés). La capacidad aumentó 6,4 % y el factor de ocupación quedó en 84,8 %, 0,2 puntos más que un año antes. Los datos son de la Asociación de Transporte Aéreo Internacional (IATA), que los publicó el miércoles 30 de setiembre.
El crecimiento fue algo menor que el de julio, cuando la IATA había registrado 7,1 % en la demanda internacional de las aerolíneas de la región. Si se suman los vuelos domésticos, el mercado de Latinoamérica y el Caribe subió 5,3 % en agosto, con un factor de ocupación de 84,0 %. Entre los mercados domésticos que sigue la IATA, el de Brasil creció 4,3 %.
En el total mundial, la demanda cayó 0,8 %. La baja vino de Oriente Medio, cuyas aerolíneas tuvieron 14,6 % menos tráfico que en agosto de 2025. Según la IATA, la caída se agravó y revirtió la recuperación gradual que la región traía desde la guerra de Irán, en febrero; en las rutas entre Oriente Medio y Asia, la baja pasó de 8,6 % en julio a 11,7 % en agosto. Sin Oriente Medio, la demanda mundial creció 0,6 %, la mitad del ritmo de julio.
Entre las demás regiones, las aerolíneas europeas aumentaron 2,1 % su tráfico internacional, con el corredor Europa–Asia en alza de 12,2 % y las rutas trasatlánticas en baja de 2,4 %. Las norteamericanas cayeron 1,7 % y las de Asia-Pacífico, 0,1 %.
«Los próximos meses revelarán si los viajeros, cuyo poder adquisitivo se ha visto reducido por el aumento de los precios de la energía, están ajustando sus presupuestos de viaje y si podrían verse desanimados a viajar debido a la inestabilidad geopolítica imperante», dijo la vicepresidenta sénior de Sostenibilidad y economista jefe de la IATA, Marie Owens Thomsen. Para octubre, los itinerarios programados por las aerolíneas prevén un crecimiento de 2,0 % en los asientos disponibles, lo que la economista describió como un «optimismo cauteloso».


