“La sustentabilidad no puede quedar solo en el relato”

Virginia Landetcheverry, cofundadora y codirectora de la agencia Mater Sustentable, analiza el potencial del turismo regenerativo, comunitario y de triple impacto en el norte argentino.

Virginia Landetcheverry es licenciada en Turismo con posgrado en intervención local y comunitaria, estudios en relaciones interculturales y certificación en regeneración organizacional. Es además fundadora de Tres Ejes Consultora y E.S.T.AR, la Escuela de Sustentabilidad Turística de la Argentina. Su recorrido incluye gestión pública, docencia universitaria, consultoría en proyectos turísticos y trabajo territorial con comunidades rurales, campesinas, indígenas y de pueblos originarios. En esta entrevista, explica por qué el turismo regenerativo no puede reducirse a una etiqueta, qué condiciones necesita un destino para sostener este modelo y cuáles son las fortalezas y los desafíos del norte argentino.

Cuando hablamos de turismo comunitario, sustentable o regenerativo, ¿de qué se trata exactamente?

Lo primero que me parece importante es diferenciar conceptos. La sustentabilidad y la regeneración no son tipos de turismo, como pueden ser el turismo de aventura, el turismo de nieve o el turismo corporativo. Son modelos y paradigmas que se aplican a la actividad turística. Después, en la práctica, esos modelos pueden estar presentes en una experiencia rural, cultural, de naturaleza, de aventura o comunitaria. También creo que es necesario ser más precisos cuando hablamos de turismo comunitario. Me parece más correcto hablar de turismo rural, campesino, indígena y de pueblos originarios con base comunitaria. Esa precisión importa, porque pone en valor quiénes son los actores, cuáles son sus identidades y desde dónde se construye la experiencia.

La sustentabilidad surge como respuesta a la crisis ambiental y busca un equilibrio entre lo ambiental, lo social, lo cultural y lo económico. En turismo, eso se traduce en minimizar impactos, gestionar recursos, aplicar criterios de triple impacto, trabajar con eficiencia energética, economía circular y buenas prácticas ambientales y sociales.

La regeneración va un paso más allá. Es un cambio profundo en la manera de pensar y de estar en el mundo. Tiene que ver con poner la vida en el centro, con comprender que los sistemas humanos funcionan como ecosistemas vivos y que no se pueden abordar desde una mirada rígida o reduccionista. Implica observar las interdependencias, la relación entre las personas, la comunidad, la naturaleza y el territorio.

La regeneración y la sustentabilidad no se aplican solamente a una experiencia, a un servicio o a un proyecto puntual. El territorio también tiene que estar preparado para que eso suceda. Tiene que existir lo que yo llamo un suelo social permeable a la sustentabilidad y a la regeneración. Una experiencia puede estar muy bien diseñada, con un abordaje regenerativo fuerte y comprometido. Pero si alrededor no hay otros actores trabajando en la misma línea, esa experiencia queda aislada dentro de un destino que todavía funciona con lógicas tradicionales o extractivas. Eso no quiere decir que no sirva. Puede ser una luz, puede traccionar, puede generar impacto positivo, como ocurrió en su momento con las primeras empresas de triple impacto. Pero para que el modelo sea consistente, hace falta un entramado más amplio. Tiene que haber comunidad, gestión pública, gestión privada, emprendedores, cámaras, ONG, prestadores, alojamientos, transporte y proveedores trabajando con una misma coherencia.

¿Cómo se trasladan estos principios a productos turísticos concretos?

Una propuesta turística puede integrar buenas prácticas sustentables o regenerativas según la profundidad de su construcción. No se trata de poner una etiqueta, sino de diseñar una experiencia con sentido, con participación local y con responsabilidad sobre los impactos.

El visitante también tiene un rol, tiene que estar disponible y asumir una actitud intercultural.

Después hay características concretas que permiten ver si una propuesta fue pensada desde buenas prácticas. Una es la integración de la comunidad local en el desarrollo y la implementación. Otra es la restauración ambiental. También está la economía circular, el comercio justo, el consumo de productos de proximidad y la gastronomía identitaria.

¿Qué fortalezas tiene el norte argentino para este modelo de turismo?

Tiene naturaleza, cultura, comunidades, saberes, paisajes y experiencias de inmersión. Tiene identidad, diversidad, cosmovisiones, historia, gastronomía, artesanías, memoria y una enorme posibilidad de intercambio. El norte tiene muchas condiciones para eso. Pero también necesita acompañamiento, planificación y una política turística que ponga al turismo en el centro. Todos los territorios deberían integrar buenas prácticas sustentables y regenerativas, no solo por sus comunidades, sino también por la naturaleza, la fauna, la identidad, la soberanía y los bienes naturales, como el agua, el suelo o la energía.

Para mí, las fortalezas de los territorios están en la identidad, la empatía, la solidaridad, la cosmovisión, la diversidad, la interculturalidad y el respeto por la igualdad. Pero esas fortalezas necesitan condiciones para desplegarse.

El modelo a seguir es el de Corrientes, donde se nota un ordenamiento, un ritmo, una articulación entre actores, una manera de contar la historia del lugar, una validación de lo propio. Se ve en la gastronomía, en la identidad, en cómo se narran los territorios y en cómo se involucra la conservación. En algunos casos también hubo un trabajo importante impulsado por organizaciones vinculadas con la conservación, como la Fundación Rewilding.

No digo que un territorio pueda y otro no. La pregunta es cuánto compromiso existe para avanzar en esa dirección. En el norte hay experiencias y focos muy valiosos, sobre todo en propuestas vinculadas con naturaleza, turismo rural, turismo campesino y comunidades. Pero para que eso no quede aislado, hace falta mayor articulación, planificación y acompañamiento. No lo tenemos en el NOA desde hace tiempo. Y además, cuando el turismo receptivo baja fuerte —como ahora por segundo año consecutivo—, la prioridad es resolver lo básico. No se puede pedir que las comunidades sostengan solas una actividad turística transformadora.

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